En mi experiencia, todo el mundo que decide venir y establecerse en Canada le va bien -en el largo plazo. Todo el mundo. Al final, nadie quiere irse, todos están contentos, con trabajo, casa, una vida estable, segura y diferente. Pero es importante resaltar ‘en el largo plazo’. Esto significa que en el corto plazo, recién llegados, incluso en el mediano plazo, uno debe saber adaptarse. Uno debe aprender a vivir nuevamente, a encontrar su camino, su lugar en esta sociedad. Las oportunidades en este país existen, pero quizá no son obvias. Canada requiere de nosotros, los inmigrantes, que nos re-inventemos, nos re-imaginemos en esta sociedad. Sin duda, y en mi experiencia, todo el mundo lo logra.

Yo he tenido mucha suerte. La primera, es que yo llegue con una oferta de trabajo en la mano. El proceso de búsqueda de trabajo lo comencé desde Venezuela, e incluso vine varias veces a Canada para las entrevistas. Finalmente, logre colocarme en la industria farmacéutica, en una posición muy parecida a la que tenía en Venezuela en la misma industria.

Yo había ya vivido en otros países de habla inglesa. Sin embargo, confieso que la adaptación en Canada fue más difícil. Me tomo más tiempo. Yo creo que es porque esta vez, sabía que era para quedarme. No en vano todos llegamos aquí con una visa de residentes permanentes. Este sería mi nuevo país, el país de mis hijas. Psicológicamente, esa sensación de permanencia puede asustarnos. Pero también nos da la adrenalina, la intención, la disciplina, las ganas de adaptarnos, de hacer que todo salga bien. Después de todo, es una oportunidad perfecta para renacer, aun siendo adultos.

Pocos meses después de llegar, ya adaptándome al ambiente de trabajo canadiense, con mi esposa también trabajando, con mis hijas adaptadísimas al colegio, al invierno, al idioma, nos compramos una casa. Yo creo que ese fue un momento crucial en nuestra vida en Canada. A partir de allí, sentí mucho más estabilidad, mucho más apego. Y solo nos tomo unos 7 meses.

Todos mis amigos dicen que la mía es una historia excepcional. Yo no lo creo. Quizá ha sido una historia más acelerada que la de los demás. En el largo plazo, a todos nos va bien. Todos nos llegamos a sentir bien establecidos; todos logramos, tarde o temprano, encontrar nuestro camino, nuestro trabajo, nuestro lugar en la sociedad.

Para los que tienen hijos, creo que el tema requiere un párrafo aparte. Mis hijas llegaron de 8 y 6 años. Ya tienen 12 y 10. Si hay algo que no debe preocuparnos es en la adaptación de los hijos. Ellos tienen una sabiduría, una capacidad de adaptación fantástica. De ellos hay que aprender, de cómo se integran, de cómo aprenden el idioma, las costumbres, los modos. Aunque sin duda siguen siendo venezolanitos. Siempre lo seremos, siempre lo serán.

Canada en un país que nos abrió las puertas, nos explico las reglas, y pues nos invita a vivir y crecer bajo esas reglas. Canada – todos los índices internacionales lo dicen, tiene uno de los estándares de vida más altos del mundo. Es la educación; es el respeto por la libertad individual; es la seguridad ciudadana; son las oportunidades económicas; es la decencia en la vida diaria; es dedicarse a vivir.

Finalmente, dos cosas. Los impuestos y el clima. Los impuestos son altos, no cabe duda. Se pagan, se auditan y se respetan. No hay opción. Por otro lado, el clima. Es duro, incluso para los canadienses. Pero hay cosas bonitas con este clima duro: la felicidad inmensa por la llegada del verano, con sus días larguísimos; es la impresión con los colores escandalosos del otoño, tan vivos y tan presentes; es la paz de una nevada silente un día domingo, con la chimenea encendida en casa, tomando café; es la alegría por la llegada de la primavera, la alegría de verdad por salir nuevamente sin abrigo, sin guantes y sin sombrero. Los canadienses adoran retar al clima y hacer la vida a pesar de el. Para los latinoamericanos, ese es un salto cuántico. Pero no es imposible. Se puede, perfectamente.